
Muchos pacientes oncológicos notan, en algún momento del tratamiento, que están perdiendo peso sin proponérselo. La ropa queda más holgada, la fuerza disminuye, las escaleras cansan más que antes. A veces se interpreta como una consecuencia inevitable de la enfermedad, algo que simplemente hay que aceptar. Pero esa pérdida tiene un nombre, tiene mecanismos conocidos, y esto es lo importante: admite intervención, sobre todo cuando se detecta a tiempo.
La pérdida de masa muscular durante el tratamiento oncológico es uno de los problemas más frecuentes y, al mismo tiempo, uno de los más subestimados. No es solo una cuestión estética ni de "estar más flaco". El músculo es un órgano metabólico activo, y su pérdida afecta la fuerza, la movilidad, la respuesta inmune, la tolerancia al tratamiento y la calidad de vida. Entender qué la causa y qué se puede hacer al respecto es parte del cuidado integral del paciente.
La caquexia oncológica es un síndrome caracterizado por la pérdida progresiva de masa muscular, con o sin pérdida de grasa, que no se revierte por completo simplemente comiendo más. Esta última aclaración es central, porque la distingue de la desnutrición común: en la desnutrición por falta de alimento, reponer la comida revierte el cuadro; en la caquexia, hay un componente metabólico e inflamatorio que mantiene la pérdida incluso cuando la ingesta es adecuada.
Es un cuadro frecuente. Se estima que afecta a alrededor del 30% de los pacientes oncológicos en general, y su prevalencia aumenta considerablemente en algunos tumores: puede alcanzar al 80% en cáncer de páncreas avanzado y alrededor del 60% en cáncer de pulmón avanzado. Es, además, un factor que impacta directamente sobre el pronóstico, la tolerancia al tratamiento y la calidad de vida.
La caquexia se distingue de la sarcopenia, que es la pérdida de masa y fuerza muscular asociada principalmente al envejecimiento o a la inactividad. Ambas pueden coexistir en el paciente oncológico, y ambas comparten una consecuencia: un músculo más débil y una menor reserva funcional.
La pérdida muscular en el contexto oncológico no responde a una sola causa, sino a la combinación de varios factores que actúan al mismo tiempo.
El primero es la inflamación sistémica. Muchos tumores generan un estado inflamatorio crónico de bajo grado, con mediadores que alteran el metabolismo del músculo: aumentan su degradación y dificultan su síntesis. Este es el componente que diferencia a la caquexia de la simple falta de alimentación.
El segundo es la alteración del metabolismo. En el paciente oncológico, el organismo puede entrar en un estado de mayor consumo energético y de uso ineficiente de los nutrientes. El cuerpo, en cierto sentido, gasta más y aprovecha peor.
El tercero es la reducción de la ingesta. Las náuseas, la pérdida de apetito, las alteraciones del gusto, la mucositis y otros efectos del tratamiento disminuyen la cantidad de alimento que el paciente logra incorporar, justo cuando sus necesidades están aumentadas.
El cuarto es el propio tratamiento. Algunos agentes quimioterapéuticos, en particular los basados en platino, pueden contribuir directamente a la pérdida muscular. A esto se suma la inactividad física que muchas veces acompaña al tratamiento, que por sí sola acelera la pérdida de músculo.
La combinación de estos factores explica por qué la pérdida muscular puede avanzar incluso en pacientes que se esfuerzan por comer bien. No es una cuestión de voluntad ni de falta de cuidado.
El músculo no es solo lo que nos permite movernos. Es un tejido metabólicamente activo que cumple funciones que se vuelven especialmente relevantes durante el tratamiento.
Un paciente con mejor masa muscular tolera mejor la quimioterapia, con menos ajustes de dosis y menor toxicidad. Se recupera mejor de las cirugías. Mantiene su autonomía y su funcionalidad. Y dispone de una reserva proteica que el organismo puede necesitar en momentos de mayor demanda, como una infección o una complicación.
A la inversa, la pérdida muscular se asocia a mayor fatiga, mayor riesgo de complicaciones, peor tolerancia al tratamiento y deterioro de la calidad de vida. Por eso, preservar el músculo no es un objetivo secundario ni cosmético: es parte del sostén del tratamiento, en la misma línea que vimos en el artículo sobre toxicidad hematológica.
Uno de los conceptos más importantes en el abordaje de la caquexia es que se desarrolla por etapas, y que cuanto antes se interviene, mejores son los resultados.
La medicina distingue tres etapas. La precaquexia, donde ya hay signos tempranos, pérdida de peso leve, cambios en el apetito, marcadores de inflamación, pero el cuadro todavía es incipiente. La caquexia establecida, con pérdida de peso más significativa y pérdida muscular evidente. Y la caquexia refractaria, en etapas muy avanzadas de la enfermedad, donde la respuesta a las intervenciones es limitada.
La ventana de mayor oportunidad está en las primeras etapas. En la precaquexia y la caquexia establecida, las intervenciones sobre nutrición, ejercicio e inflamación pueden frenar o enlentecer la pérdida y preservar funcionalidad. Por eso la vigilancia del peso y de la masa muscular durante el tratamiento no es un detalle: es lo que permite actuar antes de que el cuadro avance.
Esto refuerza la importancia de comunicar al equipo tratante cualquier pérdida de peso involuntaria, por leve que parezca, en lugar de esperar a que se vuelva evidente.
La evidencia actual es consistente en un punto: la caquexia se aborda mejor de manera multimodal. Ninguna intervención aislada, ni la nutrición sola, ni el ejercicio solo alcanza los mismos resultados que la combinación coordinada de varias. El abordaje se apoya en tres pilares.
El objetivo nutricional consiste en asegurar un aporte adecuado de proteína de calidad, la materia prima del músculo, y de energía suficiente para cubrir las necesidades aumentadas. En muchos casos se requiere una distribución proteica a lo largo del día y, según la situación, suplementación específica.
El manejo de los síntomas que limitan la ingesta (náuseas, alteraciones del gusto, saciedad temprana, mucositis) es parte del abordaje nutricional, porque de nada sirve indicar un plan si el paciente no puede comer. Desarrollamos el enfoque nutricional en Los 3 Niveles de Nutrición Terapéutica en Oncología.
El ejercicio es, junto con la nutrición, el pilar central. El entrenamiento de fuerza es el estímulo más directo para preservar y construir masa muscular, e induce además la liberación de miocinas con efecto antiinflamatorio, que actúan sobre uno de los mecanismos de fondo de la caquexia. El trabajo aeróbico complementa este efecto mejorando la eficiencia metabólica y la tolerancia al tratamiento.
Desarrollamos ambas modalidades en La importancia de entrenar la fuerza en pacientes oncológicos y en La importancia del entrenamiento aeróbico en Zona 2. La clave, en el contexto de la caquexia, es que el ejercicio debe adaptarse a la capacidad del día y sostenerse con regularidad, ajustando la intensidad sin abandonar la constancia.
Dado que la inflamación sistémica es uno de los motores de la caquexia, modularla es parte del abordaje. Esto se trabaja a través de la alimentación, la actividad física, el descanso y, cuando el equipo médico lo considera, intervenciones específicas. El control de la inflamación es, además, una de las áreas donde el enfoque metabólico integral tiene un rol importante.
En Regemet, la prevención y el tratamiento de la pérdida muscular forman parte del abordaje integral desde el inicio, no como una respuesta tardía cuando el problema ya está instalado. Esto implica evaluar el estado nutricional y la composición corporal, diseñar un plan de ejercicio adaptado a la fase del tratamiento y a la capacidad funcional, trabajar sobre la inflamación y los síntomas que limitan la alimentación, e incorporar suplementación dirigida cuando es necesaria.
La coordinación con el equipo oncológico tratante es parte esencial de este proceso. El objetivo es que el paciente llegue a cada etapa del tratamiento con la mayor reserva muscular y funcional posible, porque esa reserva es uno de los factores que más condiciona cómo se atraviesa el proceso.
La pérdida de masa muscular durante el tratamiento oncológico es frecuente, pero no es algo que simplemente haya que aceptar de manera pasiva. Tiene mecanismos conocidos (inflamación, alteración metabólica, menor ingesta, efecto del tratamiento) y, sobre todo, admite intervención, especialmente cuando se detecta en etapas tempranas.
Preservar el músculo es preservar fuerza, autonomía, tolerancia al tratamiento y calidad de vida. Y se logra con un abordaje que combine nutrición adecuada, ejercicio sostenido y control de la inflamación, coordinado con el equipo médico. Comunicar tempranamente cualquier pérdida de peso involuntaria es el primer paso para poder actuar a tiempo.
Este artículo tiene fines informativos y no reemplaza la consulta médica. La evaluación y el tratamiento de la caquexia y la pérdida de masa muscular en pacientes oncológicos deben realizarse de manera individual, en coordinación con el equipo oncológico tratante y profesionales de la nutrición y el ejercicio. Ante una pérdida de peso involuntaria durante el tratamiento, consultá con tu equipo médico. Regemet no atiende urgencias: ante una emergencia, acudí al centro de salud más cercano.
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