Oncología integrativa

Fármacos reposicionados en oncología: metformina, ivermectina y otros

3 de agosto de 2026
11 min lectura
Fármacos reposicionados en oncología: metformina, ivermectina y otros

En el artículo sobre suplementación oral dejamos planteada, pero sin desarrollar, una categoría particular: la de los fármacos reposicionados. Es un tema que merece su propio espacio porque constituye una de las líneas de investigación más activas del momento, pero también una de las más expuestas a la confusión, ya que la evidencia seria puede mezclarse fácilmente con promesas exageradas.

Reposicionar un fármaco significa tomar un medicamento aprobado hace años —o décadas— para una indicación determinada y estudiarlo para otra distinta. En oncología, la idea tiene una lógica sólida: de un medicamento que lleva mucho tiempo en uso ya se conocen su farmacología, sus dosis, su perfil de seguridad y sus efectos adversos.

Ese recorrido previo permite investigar su actividad antitumoral desde un punto de partida que un fármaco nuevo no tiene.

Además, buena parte de estos medicamentos actúa sobre el metabolismo, la inflamación y las vías de proliferación, es decir, sobre el mismo terreno en el que trabaja la Terapia Metabólica.

Existe incluso un proyecto internacional, el ReDO (Repurposing Drugs in Oncology), dedicado a revisar de manera sistemática qué fármacos de uso común reúnen evidencia suficiente para investigarse en cáncer.

La metformina: el caso más avanzado

De todos los fármacos reposicionados, la metformina es el que tiene el recorrido más largo. Se utiliza desde hace más de sesenta años en el tratamiento de la diabetes tipo 2, y su mecanismo la conecta directamente con la lógica metabólica del cáncer.

Actúa sobre el complejo I de la mitocondria y activa la AMPK, un sensor energético de la célula. Al hacerlo, frena la vía de crecimiento mTOR, una de las señales centrales de la proliferación. Sin embargo, su efecto más relevante en este contexto es sistémico: reduce la glucosa y, sobre todo, la insulina y el IGF-1 en sangre. Como desarrollamos en otros artículos, la insulina elevada funciona como una señal de crecimiento para muchos tumores. Reducirla modifica el terreno sobre el que la enfermedad se apoya.

La evidencia epidemiológica acompaña esa hipótesis. Los estudios en pacientes diabéticos muestran de manera consistente que quienes toman metformina presentan menor incidencia y mortalidad por varios tipos de cáncer que quienes reciben otros tratamientos para la diabetes. A partir de esos datos, hoy se la investiga activamente como adyuvante, sumada al tratamiento oncológico estándar.

Los resultados de los ensayos aleatorizados en distintos tumores todavía se están definiendo. Por eso deben leerse con la misma prudencia que cualquier línea de investigación en desarrollo. Aun así, pocos fármacos reposicionados cuentan con una base tan amplia.

Los antiparasitarios: mebendazol e ivermectina

Un segundo grupo que concentra buena parte de la investigación actual es el de los antiparasitarios: fármacos con décadas de uso y un perfil de tolerancia conocido que, en los últimos años, mostraron actividad sobre células tumorales.

Mebendazol y albendazol

El mebendazol y el albendazol pertenecen a la familia de los benzimidazoles. Su mecanismo antiparasitario consiste en unirse a la tubulina e impedir la formación de los microtúbulos, estructuras que la célula necesita para dividirse. Ese mismo mecanismo, aplicado a la célula tumoral, interfiere con la mitosis. A esto se suman efectos antiangiogénicos descritos en distintos modelos.

El mebendazol se investiga actualmente en tumores del sistema nervioso central, entre otros, con estudios clínicos en curso que evalúan su tolerancia y combinación con los tratamientos estándar.

Ivermectina

La ivermectina actúa por otras vías. En investigación preclínica se describieron efectos sobre varias señales implicadas en la proliferación y supervivencia de la célula tumoral, además de acciones sobre su metabolismo.

Su evidencia en oncología continúa siendo fundamentalmente preclínica, y ese es el marco en el que corresponde ubicarla: una línea con fundamento mecanístico, en etapa de investigación, que todavía no cuenta con resultados clínicos consolidados.

Cuando estos fármacos forman parte de un esquema, se indican como lo que son: medicamentos, dentro de una evaluación médica individual, con una dosis, un seguimiento y un lugar preciso dentro del abordaje. No son una alternativa al tratamiento oncológico.

Otros candidatos

La lista es más amplia y continúa creciendo:

  • Aspirina: reduce la señal inflamatoria PGE2 y, por su efecto sobre las plaquetas, dificulta la diseminación de células tumorales. Es uno de los pocos fármacos reposicionados con evidencia de ensayos clínicos en escenarios definidos, como la prevención en el cáncer colorrectal hereditario.
  • Doxiciclina: este antibiótico interfiere con la función de la mitocondria, de la que dependen las células madre tumorales, y se estudia por esa vía.
  • Tadalafilo: aporta una vía inmunológica. El tumor genera un ambiente que frena la respuesta inmune, en parte mediante células supresoras como las MDSC y los linfocitos T reguladores. El tadalafilo, un inhibidor de la PDE5, reduce esa población supresora y puede ayudar a liberar ese freno. Se lo ha estudiado en cáncer de cabeza y cuello.
  • Estatinas: utilizadas para controlar el colesterol, bloquean la vía del mevalonato, de la que dependen algunas señales de proliferación. Estudios poblacionales asocian su uso con una menor mortalidad por cáncer.

Cómo leemos esta evidencia

El criterio que sostiene todo lo anterior es el mismo que aplicamos al resto de las intervenciones metabólicas: el grado de evidencia varía de un fármaco a otro.

La metformina se apoya en una base epidemiológica amplia y en ensayos en curso. La aspirina cuenta con ensayos clínicos en contextos precisos. Los antiparasitarios y la doxiciclina se sostienen, sobre todo, en investigación preclínica y estudios clínicos tempranos.

Distinguir esos niveles permite ubicar cada fármaco en su justa medida, sin prometer de más ni descartar de menos.

Ninguno de estos medicamentos es hoy un tratamiento que se baste a sí mismo, y ninguno reemplaza a la quimioterapia, la radioterapia, la cirugía o la inmunoterapia.

Su lugar es el de herramientas que, bien seleccionadas, pueden sumar dentro de un abordaje integral.

Fármacos, no suplementos

Vale insistir en una diferencia que en la práctica es decisiva. A diferencia de los suplementos, estos son fármacos con potencia farmacológica, indicaciones, dosis definidas e interacciones que deben conocerse.

La aspirina puede aumentar el riesgo de sangrado; las estatinas tienen sus propios efectos musculares y hepáticos. Cada medicamento obliga a valorar la función renal o hepática, el tratamiento oncológico en curso y el resto de la medicación del paciente.

Nada de esto los vuelve peligrosos. Los vuelve, precisamente, fármacos: intervenciones que requieren evaluación, indicación y supervisión médica, y que fuera de ese marco pierden su sentido. Es la misma exigencia que aplicamos al ascorbato en dosis farmacológicas o a cualquier otra herramienta del abordaje.

La oncología integrativa seria se distingue por esa forma de trabajar: apoyarse en la evidencia disponible, diferenciar lo que está probado de lo que está en estudio e integrar cada herramienta con criterio, como complemento del tratamiento oncológico y al servicio del paciente.

Aviso médico

Este artículo tiene fines informativos y no reemplaza la consulta médica. Los fármacos reposicionados mencionados son medicamentos con indicaciones, dosis, contraindicaciones e interacciones propias. Su uso en el contexto oncológico debe ser evaluado, indicado y supervisado por un equipo médico, en coordinación con el oncólogo tratante y considerando el tipo de tumor, el tratamiento en curso, los estudios del paciente y el resto de su medicación. Ninguno debe iniciarse por cuenta propia ni reemplaza al tratamiento oncológico indicado. Regemet no atiende urgencias: ante una emergencia, acudí al centro de salud más cercano.

Referencias

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