
Iniciar un tratamiento con quimioterapia genera, con frecuencia, una pregunta que los pacientes no siempre se animan a hacer: ¿qué está pasando dentro de mi cuerpo cuando recibo esto? El nombre, el esquema, las siglas del protocolo están en el papel. Pero el mecanismo, lo que realmente ocurre a nivel celular, rara vez se explica con claridad.
En el artículo anterior de esta serie exploramos los grados de diferenciación celular y vimos que los tumores de mayor agresividad se caracterizan por dos rasgos: alta tasa de mitosis y adhesión celular debilitada. El primero de esos rasgos, la alta tasa de replicación, es exactamente el punto de entrada de la quimioterapia sistémica.
La quimio no actúa al azar. Está diseñada para aprovechar una vulnerabilidad biológica específica de las células tumorales. Entender cuál es esa vulnerabilidad, y cómo se explota terapéuticamente, ayuda a comprender tanto el efecto buscado del tratamiento como los efectos adversos que lo acompañan.
Las células que se dividen activamente son, en términos biológicos, células expuestas. Cada vez que una célula replica su ADN y se divide, atraviesa una serie de procesos que la hacen vulnerable a ciertos tipos de daño.
Los tumores de mayor agresividad, como vimos en la entrega anterior, tienen tasas de mitosis elevadas. Se dividen más rápido que la mayoría de los tejidos sanos circundantes. Y esa velocidad de reproducción, que es parte de lo que los hace peligrosos, es también lo que los hace más susceptibles a los agentes quimioterapéuticos.
La quimioterapia sistémica apunta a dos mecanismos biológicos fundamentales, ambos relacionados con la biología de la célula en división.
El primer mecanismo es el más directo: interrumpir la capacidad de la célula de replicar su material genético.
Antes de dividirse, una célula debe copiar todo su ADN. Este proceso de replicación involucra enzimas específicas, estructuras moleculares complejas y una secuencia de pasos que, si se interrumpe en cualquier punto, impide que la división se complete. La célula que no puede replicar su ADN correctamente entra en mecanismos de muerte celular programada.
Los distintos agentes quimioterapéuticos actúan sobre esta cadena en puntos distintos:
En todos los casos, el principio es el mismo: atacar el proceso de reproducción celular en células que están dividiéndose activamente. Cuanto mayor es la tasa de mitosis de un tejido, más frecuentemente sus células están expuestas a este tipo de daño.
El segundo mecanismo es menos intuitivo pero igualmente relevante. Varios agentes quimioterapéuticos actúan aumentando el estrés oxidativo dentro de las células, es decir, generando una acumulación de moléculas altamente reactivas conocidas como especies reactivas de oxígeno (ROS), entre ellas el peróxido de hidrógeno (H₂O₂) y los radicales libres.
En condiciones normales, todas las células producen cierta cantidad de ROS como subproducto de su metabolismo. Y todas disponen de sistemas enzimáticos para neutralizarlos: la catalasa, que descompone el H₂O₂ en agua y oxígeno; la glutatión peroxidasa, que lo neutraliza a expensas del glutatión reducido; y la superóxido dismutasa, que actúa sobre el radical superóxido.
Cuando la quimioterapia eleva los niveles de ROS por encima de lo que el sistema antioxidante puede manejar, las células entran en estrés oxidativo severo. Las membranas se dañan, el ADN se oxida, las mitocondrias se comprometen. El resultado es la muerte celular.
Aquí aparece la pregunta lógica: si la quimioterapia genera daño en el ADN y estrés oxidativo, ¿por qué no destruye también a las células sanas con la misma eficacia?
La respuesta está en una asimetría biológica fundamental entre la célula sana y la célula tumoral.
Las células sanas, en la mayoría de los tejidos, mantienen sistemas antioxidantes robustos y funcionales. Sus niveles de catalasa, glutatión y NADPH les permiten neutralizar el H₂O₂ y los radicales libres generados por la quimio dentro de un rango tolerable. El daño ocurre, pero los mecanismos de reparación pueden manejarlo mejor.
Las células tumorales presentan una situación diferente. En muchos tipos de cáncer, los sistemas antioxidantes están comprometidos: los niveles de catalasa están disminuidos, las reservas de glutatión son irregulares, y la capacidad de neutralizar el H₂O₂ es menor. Estudios en cáncer de próstata, pulmón, colon, páncreas y tumores gastrointestinales documentan de forma consistente niveles reducidos de actividad de catalasa en tejido tumoral comparado con tejido sano adyacente.
Esto genera una ventana terapéutica: la misma carga de estrés oxidativo que una célula sana puede tolerar resulta letal para una célula tumoral con defensas comprometidas.
Esta asimetría enzimática es consecuencia del propio proceso de desdiferenciación tumoral. A medida que las células pierden diferenciación, adquieren un metabolismo más acelerado y menos regulado, lo que incrementa su producción basal de ROS pero reduce simultáneamente su capacidad de neutralizarlos. El resultado es una célula que vive en un estado de estrés oxidativo crónico de bajo grado, y que por eso mismo tolera menos cualquier incremento adicional de ese estrés.
Conviene señalar que el bloqueo del ADN y el estrés oxidativo no son mecanismos completamente separados. El daño oxidativo es también daño en el ADN: el H₂O₂ y los radicales libres oxidan las bases del ADN, generando lesiones que la célula no puede reparar si sus sistemas de defensa están comprometidos.
En muchos esquemas de quimioterapia, los dos mecanismos actúan en paralelo y se potencian mutuamente: la célula intenta reparar el daño en su ADN mientras simultáneamente sus defensas antioxidantes son superadas. Ese doble frente es lo que explica la eficacia de los esquemas combinados.
Este principio de oxidación selectiva no es exclusivo de la quimioterapia convencional.
La vitamina C endovenosa en dosis farmacológicas, una de las intervenciones del abordaje integrativo en Regemet, opera sobre el mismo principio biológico: en concentraciones plasmáticas en el orden milimolar, el ascorbato genera H₂O₂ extracelular de manera preferencial en el microambiente tumoral. Las células sanas, con su catalasa funcional, lo neutralizan. Las células tumorales, con catalasa disminuida, no pueden hacerlo. El resultado es un daño oxidativo selectivo sobre el tumor que, en varios modelos clínicos, sinergiza con agentes como carboplatino, cisplatino, gemcitabina y paclitaxel.
Este mecanismo fue desarrollado en detalle en Vitamina C en Oncología: Fundamentos, Mecanismos y Aplicaciones Clínicas y en ¿Por qué la vitamina C afecta más a células tumorales que a células sanas?
La convergencia es la consecuencia lógica de atacar una vulnerabilidad biológica real: la menor capacidad antioxidante de la célula tumoral.
Los pacientes que reciben tratamientos combinados suelen escuchar varios nombres sin tener claro qué hace cada uno. Una distinción básica puede ser útil.
La quimioterapia sistémica actúa sobre todas las células en división del organismo, tumorales y sanas, a través de los dos mecanismos que describimos. Su efecto es global.
La radioterapia concentra el daño por radiación ionizante sobre un volumen específico del tejido, generando roturas en el ADN y estrés oxidativo de manera localizada. Su efecto es regional.
La inmunoterapia no ataca directamente a las células tumorales sino que interviene sobre el sistema inmune, removiendo los frenos que impiden que los linfocitos T reconozcan y destruyan al tumor. Su efecto es inmunológico y sistémico, pero con un mecanismo completamente distinto.
Las terapias dirigidas (inhibidores de tirosina quinasa, anticuerpos monoclonales, inhibidores de CDK4/6, entre otros) actúan sobre moléculas o vías de señalización específicas que el tumor necesita para crecer, cuando esas alteraciones son identificables mediante biomarcadores moleculares.
En la práctica clínica actual, la mayoría de los esquemas combinan dos o más de estos abordajes. Entender qué hace cada uno ayuda al paciente a comprender por qué su tratamiento está diseñado de esa manera y qué esperar de cada componente.
El paciente que comprende los mecanismos de su tratamiento no es un paciente pasivo. Sabe qué está pasando, puede hacer preguntas más precisas a su equipo oncológico, puede identificar efectos adversos esperables frente a inesperados, y puede participar activamente en las decisiones sobre su cuidado.
Como vimos en el artículo sobre toxicidad hematológica, la quimio afecta con frecuencia a tejidos sanos de alto recambio porque esos tejidos también tienen células en división activa. La misma asimetría que protege relativamente a los tejidos bien diferenciados no aplica a la médula ósea, las mucosas o el epitelio intestinal, que se dividen a gran velocidad. Comprender esa lógica no cambia el tratamiento, pero cambia la relación del paciente con él.
Entender cómo actúa la quimio sobre las células abre una pregunta práctica: ¿qué ocurre con el sistema inmune durante ese proceso? La quimioterapia no solo afecta a la médula ósea en términos de producción de glóbulos blancos. Tiene efectos más amplios sobre la capacidad del organismo de reconocer y responder a amenazas.
En el próximo artículo de esta serie vamos a desarrollar por qué el sistema inmune se compromete durante el tratamiento oncológico, qué consecuencias clínicas tiene eso, y qué intervenciones con evidencia pueden contribuir a sostenerlo.
Este artículo tiene fines informativos y no reemplaza la consulta médica. Los mecanismos descritos corresponden a principios generales de la farmacología oncológica; el efecto específico de cada agente depende del esquema, la dosis, el tipo tumoral y las características del paciente. Ante cualquier duda sobre el tratamiento indicado, recomendamos discutirla con el oncólogo tratante. Regemet no atiende urgencias: ante una emergencia, acudí al centro de salud más cercano.
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