
Entre el día del diagnóstico y el inicio del tratamiento casi siempre hay un tiempo de espera. Estudios que se completan, turnos que se coordinan, decisiones que se toman. Para la mayoría de los pacientes ese tiempo transcurre en una mezcla de angustia y quietud: se espera, y se espera detenido. El diagnóstico los frenó. La incertidumbre los paralizó. Y pocas veces alguien les dice que esas semanas son, en realidad, una de las mejores oportunidades de todo el proceso.
La prehabilitación parte de una idea sencilla y poderosa. En lugar de esperar a que el tratamiento golpee para después reparar el daño, usamos el tiempo previo para llegar más fuertes.
Es una intervención con evidencia sólida, que mejora de forma medible la manera en que el paciente atraviesa la cirugía, la quimioterapia y la radioterapia. Prepararse, en oncología, es parte del tratamiento.
La prehabilitación es un abordaje multimodal que aprovecha la ventana previa al tratamiento para mejorar la reserva física y funcional del paciente. Se apoya en tres pilares que trabajan de manera coordinada: el ejercicio, la nutrición y el soporte emocional. Ninguno rinde del todo sin los otros, y esa integración es la que distingue a la prehabilitación de una recomendación aislada de “hacer un poco de actividad”.
Dentro del ejercicio, las dos modalidades que ya desarrollamos en el blog cumplen roles distintos y complementarios:
La lógica de fondo es la de un organismo que llega mejor preparado a un esfuerzo exigente. Se trata de construir una reserva que después va a marcar la diferencia.
La capacidad de una persona para tolerar una agresión, sea una cirugía mayor o varios ciclos de quimioterapia, depende en buena medida del punto de partida. Un paciente con más masa muscular, mejor capacidad aeróbica y mejor estado nutricional tiene un margen más amplio para absorber el impacto del tratamiento y recuperarse después. A ese margen lo llamamos reserva funcional, y es el objetivo central de la prehabilitación.
El punto clave es que, en la mayoría de los casos, el paciente está en mejores condiciones antes del tratamiento que durante o después. Cada semana de tratamiento tiende a restar: fatiga, pérdida de masa muscular, deterioro de la capacidad aeróbica. Si aprovechamos las semanas previas para elevar el piso de partida, todo lo que venga después parte de un nivel más alto. Es más fácil sostener una reserva construida a tiempo que intentar recuperarla en el medio de la tormenta.
La prehabilitación es una práctica respaldada por ensayos clínicos. El estudio de referencia, publicado por Gillis y colaboradores en Anesthesiology en 2014, comparó en pacientes de cirugía colorrectal por cáncer el mismo programa iniciado antes de operar contra iniciado después.
Los que se prepararon antes llegaron a la cirugía con mejor capacidad funcional y la recuperaron más rápido: a las ocho semanas del posoperatorio caminaban en promedio 45 metros más en la prueba de marcha de seis minutos, y el 84% había recuperado o superado su capacidad basal, frente al 62% del grupo que empezó después.
El beneficio es más marcado cuanto más exigente es el escenario. En pacientes de alto riesgo para cirugía abdominal mayor, el ensayo de Barberan-Garcia publicado en Annals of Surgery en 2018 mostró que un programa de prehabilitación personalizado redujo a la mitad la proporción de pacientes con complicaciones posoperatorias. Y en cirugía de cáncer de pulmón, una revisión Cochrane de 2022 encontró que el entrenamiento preoperatorio reduce alrededor de un 55% el riesgo de complicaciones pulmonares y acorta la internación en más de dos días.
Vale una aclaración que la propia evidencia dejó clara. Los programas que funcionan no son los más intensos, sino los que el paciente efectivamente sostiene. Un plan estructurado que nadie cumple rinde menos que uno más simple y bien adaptado. Por eso la prehabilitación se trata de encontrar la dosis justa que cada persona pueda mantener con regularidad.
En el paciente oncológico, la masa muscular no es una cuestión de apariencia ni de rendimiento deportivo: es un tejido con peso pronóstico. La pérdida de músculo, la sarcopenia, se asocia con peor tolerancia a la quimioterapia y peor evolución. En un estudio poblacional de Prado publicado en Lancet Oncology, la baja masa muscular resultó un predictor independiente de supervivencia en tumores sólidos, con un riesgo varias veces mayor en los pacientes con obesidad sarcopénica. Lo desarrollamos en el artículo sobre caquexia y pérdida de masa muscular.
El músculo, además, es un órgano metabólicamente activo. Un músculo entrenado capta glucosa del plasma y compite por ese sustrato con el resto de los tejidos, mejora la sensibilidad a la insulina y libera miocinas, moléculas de señalización con efecto antiinflamatorio. Construir y preservar músculo antes del tratamiento no solo sostiene la fuerza y la autonomía: mejora el terreno metabólico sobre el que se apoya todo el abordaje.
Ese músculo se construye con entrenamiento de fuerza, buena nutrición y descanso.
La prehabilitación no termina cuando empieza la quimioterapia: se transforma. La reacción instintiva ante la fatiga del tratamiento es el reposo, y sin embargo la evidencia apunta con firmeza en la dirección contraria. Un metaanálisis de Mustian publicado en JAMA Oncology en 2017, que reunió más de cien estudios, encontró que el ejercicio y las intervenciones psicológicas son más eficaces que los fármacos para reducir la fatiga relacionada con el cáncer.
El objetivo durante el tratamiento es sostener. La combinación de trabajo aeróbico en Zona 2 y ejercicio de fuerza, ajustada a la capacidad de cada día, mantiene la reserva construida y reduce la fatiga en lugar de aumentarla. Moverse con la dosis correcta, incluso en los días difíciles, es una de las cosas más útiles y más subestimadas que un paciente puede hacer por sí mismo.
Un plan de prehabilitación combina, en líneas generales, entrenamiento aeróbico de intensidad moderada y entrenamiento de fuerza dos a tres veces por semana, acompañados de un aporte proteico adecuado. Pero esa estructura general no significa nada sin el paso más importante, que es la individualización. La prescripción se adapta al diagnóstico y tipo de tumor, a la fase del tratamiento, a la capacidad funcional del día y al nivel de fatiga.
Antes de empezar es indispensable la evaluación del equipo tratante, porque hay situaciones clínicas que modifican por completo la receta:
Con esas precauciones contempladas, casi siempre hay algo que se puede hacer, y hacer menos del óptimo es siempre mejor que no hacer nada. La regularidad, sostenida con inteligencia alrededor de los días de menor capacidad, vale más que la intensidad.
La prehabilitación transforma la espera previa al tratamiento en una etapa activa. No cambia el diagnóstico ni reemplaza a la terapia oncológica, pero construye la reserva funcional y metabólica que le permite al paciente atravesar el tratamiento con más fuerza, menos fatiga y mejor recuperación. Es, además, uno de los pocos tramos del proceso donde el paciente deja de esperar y vuelve a tener un rol activo sobre su propio cuerpo. Ese rol, bien guiado, cuenta, y se sostiene después a lo largo de todo el tratamiento.
Este artículo tiene fines informativos y no reemplaza la consulta médica. La prescripción y supervisión del ejercicio físico y de la nutrición en pacientes oncológicos debe realizarse de manera individual, en coordinación con el oncólogo tratante y un equipo clínico capacitado, contemplando situaciones como la anemia, la plaquetopenia, la neutropenia, las metástasis óseas o la cardiotoxicidad. Antes de iniciar un programa de entrenamiento, consultá con tu médico tratante. Regemet no atiende urgencias: ante una emergencia, acudí al centro de salud más cercano.