
Durante mucho tiempo el músculo se pensó como un tejido mecánico. Servía para moverse, para sostener el esqueleto, para levantar peso. Cuando se hablaba de ejercicio en pacientes oncológicos, la recomendación era mantenerse activo, y el argumento era la calidad de vida.
Ese cuadro cambió en las últimas dos décadas. Hoy se sabe que el músculo es un órgano endocrino: cuando se contrae, libera cientos de moléculas a la sangre que dialogan con el hígado, el tejido adiposo, el hueso, el cerebro y el sistema inmune. Y también con el tumor.
Ese descubrimiento cambia el sentido de entrenar en oncología. Deja de ser una forma de mantenerse en movimiento y pasa a ser una intervención sobre el terreno en el que la enfermedad crece.
Este artículo desarrolla ese fundamento. Los artículos sobre entrenamiento de fuerza y sobre trabajo aeróbico en Zona 2 explican cómo se entrena. Este explica por qué el músculo, en sí mismo, hace parte del tratamiento.
El músculo esquelético representa alrededor del 40 por ciento de la masa corporal de un adulto. Es, por tamaño, el órgano endocrino más grande del cuerpo. Las moléculas que produce y libera al contraerse se llaman miocinas, y desde su descripción a comienzos de este siglo se han identificado varios cientos.
Las miocinas actúan a distancia. Algunas mejoran la sensibilidad a la insulina en el hígado y en el tejido adiposo. Otras estimulan la formación de hueso. Otras cruzan al cerebro y participan en la neuroplasticidad. Y un grupo creciente de ellas actúa sobre el sistema inmune y sobre las células tumorales, de manera directa o modificando el microambiente que las rodea.
Que el músculo secrete depende de que se contraiga. Un músculo en reposo produce poco. Un músculo que entrena con regularidad produce una señal sostenida.
Como desarrollamos en Bloqueo metabólico del cáncer, muchos tumores dependen de la glucosa en grandes cantidades. El músculo es el principal consumidor de glucosa del organismo: es responsable de la mayor parte de la glucosa que la insulina retira de la sangre después de una comida, y durante la contracción capta glucosa de manera independiente de la insulina, a través de transportadores que se movilizan hacia la membrana con el esfuerzo. Un músculo que entrena retira glucosa de circulación y, con el tiempo, mejora la sensibilidad a la insulina de todo el organismo. El resultado es menos glucosa disponible y menos insulina circulante, es decir, menos combustible y menos señal de crecimiento para el tumor.
La contracción muscular libera interleucina 6, y esa liberación, junto con la adrenalina del esfuerzo, moviliza a las células natural killer desde sus reservorios hacia la sangre y hacia los tejidos, incluido el tumor. En un estudio experimental que se convirtió en referencia, los animales que corrían de manera voluntaria redujeron el crecimiento tumoral en más de un 60 por ciento en cinco modelos distintos de cáncer, y el efecto desaparecía cuando se bloqueaban las células natural killer o la interleucina 6. En humanos, cada sesión de ejercicio produce una movilización transitoria de células inmunes, y el entrenamiento sostenido reduce la inflamación crónica de bajo grado, que es uno de los factores que favorecen la progresión tumoral.
Hay dos interleucinas 6 que la biología no confunde. La que produce el músculo durante el ejercicio es breve, aparece y desaparece, y tiene efecto antiinflamatorio. La que produce la inflamación crónica es sostenida y favorece el deterioro. Son la misma molécula con contextos opuestos, y el ejercicio produce la primera mientras reduce la segunda.
Varias miocinas actúan sobre las células tumorales sin intermediarios. SPARC, liberada por el músculo durante el ejercicio, inhibe vías de supervivencia de la célula tumoral e induce su muerte programada; en un modelo experimental de cáncer de colon, el ejercicio regular redujo la formación de tumores, y el efecto dependía de esta miocina. La oncostatina M inhibe el crecimiento de células de cáncer de mama y de melanoma. La irisina y la decorina muestran efectos similares en distintos modelos. Y hay un hallazgo que se repite en estudios con pacientes de próstata y de mama: el suero extraído después de una sesión de ejercicio, agregado a células tumorales en cultivo, frena su crecimiento en comparación con el suero extraído en reposo. Algo que el músculo libera a la sangre les hace daño.
Buena parte de esta evidencia proviene de modelos experimentales y de estudios en cultivo, y los efectos dependen del contexto y del tipo de tumor. Los mecanismos están en investigación activa. Pero el patrón es consistente, y lo es en una dirección: el músculo que trabaja es hostil para el tumor.
Además de lo que secreta, el músculo importa por lo que es: la reserva proteica y funcional del organismo.
Los pacientes con menor masa muscular toleran peor la quimioterapia. En un estudio con mujeres con cáncer de mama metastásico tratadas con capecitabina, quienes tenían sarcopenia presentaron más del doble de toxicidad limitante de dosis que quienes conservaban su masa muscular, y progresaron antes. Parte de la explicación es farmacológica: muchas dosis de quimioterapia se calculan según la superficie corporal, pero los fármacos se distribuyen en la masa magra, de modo que una persona con poco músculo recibe, en la práctica, una exposición mayor con la misma dosis nominal.
La masa muscular se asocia también con mejor recuperación quirúrgica, menor riesgo de complicaciones y mejor supervivencia en numerosos tumores. Es la razón por la que en Regemet la evaluación de la composición corporal forma parte del abordaje desde el inicio, y por la que la pérdida de músculo, que desarrollamos en Caquexia y pérdida de masa muscular, se trata como un problema clínico y no como una consecuencia inevitable.
Los tres mecanismos descriptos no se activan de la misma manera, y por eso el programa combina modalidades.
El entrenamiento de fuerza es el que construye el órgano. Aumenta la masa muscular, y con ella la reserva proteica, la capacidad de captar glucosa y la producción de miocinas. Es también el estímulo más directo para el hueso, que en muchos tratamientos oncológicos se debilita.
El trabajo aeróbico en Zona 2 mejora la función de las mitocondrias, la flexibilidad metabólica y la sensibilidad a la insulina, y es la modalidad con mayor evidencia sobre la reducción de la fatiga asociada al tratamiento.
La intensidad importa, porque la movilización de células inmunes y la liberación de miocinas aumentan con el esfuerzo. Pero en oncología la intensidad se prescribe, no se maximiza. El objetivo es un estímulo suficiente y sostenido, ajustado a la capacidad de cada día, que alrededor de los ciclos de quimioterapia puede variar mucho. Las guías internacionales recomiendan alrededor de 150 minutos semanales de trabajo aeróbico moderado, combinados con dos o tres sesiones de fuerza por semana, y esa recomendación se adapta hacia abajo tantas veces como haga falta sin abandonar la regularidad.
Hay dos precauciones específicas del contexto. En los días de mayor caída de las defensas, que desarrollamos en Neutropenia durante la quimioterapia, el entrenamiento se mantiene si el equipo tratante lo autoriza, pero se traslada a un ambiente controlado, evitando gimnasios concurridos y piletas. Y con plaquetas bajas se reducen las cargas y se evitan los ejercicios con riesgo de golpe o caída. El resto de las adaptaciones, según anemia, metástasis óseas, catéteres o cirugías recientes, se define caso por caso.
El mejor momento para empezar es antes del tratamiento, como planteamos en Prehabilitación oncológica. El músculo que se construye antes es la reserva con la que se llega.
El músculo dejó de ser un tejido de sostén para convertirse, en la biología actual, en un órgano que regula el metabolismo, moviliza al sistema inmune y libera moléculas que las células tumorales toleran mal. Un cuerpo con más músculo es un cuerpo con más reserva para el tratamiento, más señal antiinflamatoria y menos combustible libre para el tumor.
Entrenar, en este marco, es una manera de fabricar el órgano que hace ese trabajo. Por eso en la Terapia Metabólica el ejercicio se prescribe con la misma lógica que cualquier otra intervención: con un objetivo definido, una dosis ajustada y seguimiento.
Este artículo tiene fines informativos y no reemplaza la consulta médica. El ejercicio físico en pacientes oncológicos debe ser prescripto y supervisado de manera individual por profesionales capacitados, en coordinación con el oncólogo tratante, considerando el tipo de tumor, la fase del tratamiento, los valores del hemograma y las condiciones clínicas de cada persona. Antes de iniciar o modificar un programa de entrenamiento, consultá con tu equipo tratante. Regemet no atiende urgencias: ante una emergencia, acudí al centro de salud más cercano.