
Octubre es el mes de concientización sobre el cáncer de mama. Durante estas semanas la conversación pública se concentra en la prevención y en la detección temprana, y está bien que así sea: una mamografía a tiempo cambia el pronóstico.
Este artículo empieza donde esa conversación suele terminar. En el diagnóstico ya hecho, en el informe con el subtipo, en la pregunta que aparece después de conocer el esquema de tratamiento: ¿qué más se puede hacer?
El cáncer de mama es el diagnóstico más frecuente entre las personas que consultan en Regemet, y es también uno de los tumores donde la lógica del terreno metabólico tiene más evidencia específica. La razón es que el cáncer de mama depende, para crecer, de señales que el propio organismo produce y regula: estrógenos, insulina, factores de crecimiento, hierro.
Sobre esas señales trabaja la Terapia Metabólica. En este artículo explicamos cómo.
El informe de la biopsia de un cáncer de mama incluye el grado de diferenciación, que desarrollamos en Grados de diferenciación celular, y tres marcadores que definen el subtipo: los receptores de estrógeno y progesterona, y la proteína HER2. A eso se suma el Ki-67, que indica qué tan rápido se dividen las células.
Con esos datos se distinguen los grandes grupos que orientan el tratamiento oncológico. Cada uno tiene, además, un perfil metabólico propio.
Tienen receptores hormonales positivos y son los más frecuentes. Su combustible principal es una señal: el estrógeno, que al unirse a su receptor le ordena a la célula dividirse. Los luminales A se dividen despacio y suelen tratarse con terapia hormonal. Los luminales B se dividen más rápido y con frecuencia requieren además quimioterapia. En ambos, todo lo que module la cantidad de estrógeno disponible modifica el terreno.
Tienen en exceso un receptor de factores de crecimiento. Cuando ese receptor se activa, enciende una cadena de señales internas (la vía PI3K/AKT/mTOR) que empuja a la célula a multiplicarse. Las terapias anti-HER2 bloquean ese receptor y cambiaron el pronóstico de este subtipo. La misma cadena interna, más abajo del receptor, es la que también activan la insulina y el IGF-1.
No tienen ninguno de los tres marcadores, y por eso no hay blanco hormonal ni blanco HER2 al cual apuntar. Son los más agresivos y los que más dependen de la glucosa: en los estudios de PET captan más glucosa marcada que los luminales, y su metabolismo es el más volcado a la fermentación, el efecto Warburg que explicamos en ¿Es el cáncer una enfermedad metabólica?. Es el subtipo donde el bloqueo metabólico tiene el fundamento más directo.
Detrás de los subtipos hay tres dependencias que atraviesan a la mayoría de los tumores de mama. La Terapia Metabólica las toma como blancos.
Antes de la menopausia, el estrógeno lo producen los ovarios. Después, la fuente principal pasa a ser el tejido adiposo: la grasa contiene una enzima, la aromatasa, que fabrica estrógeno a partir de otras hormonas.
Por eso la obesidad se asocia con mayor riesgo y peor pronóstico en el cáncer de mama posmenopáusico. Más grasa significa más aromatasa, más estrógeno local y más inflamación, que a su vez estimula la aromatasa. En este tumor, el tejido adiposo es un órgano que alimenta la señal.
La insulina, y el IGF-1, un factor de crecimiento parecido a la insulina, activan en la célula mamaria la misma cadena de señales que HER2.
El dato más contundente proviene de un estudio que siguió a 512 mujeres con cáncer de mama temprano, ninguna con diabetes (Goodwin y col., 2002). Las que tenían la insulina en ayunas más alta, comparadas con las que la tenían más baja:
Y eso con independencia de las características del tumor. La insulina elevada era un factor pronóstico en sí misma. Además, la insulina alta reduce la proteína que transporta los estrógenos en la sangre y deja más estrógeno libre para el tumor. Las dos primeras dependencias se refuerzan entre sí.
Como explicamos en Bloqueo metabólico del cáncer, las células tumorales necesitan hierro para fabricar el ADN de cada célula nueva. Para conseguirlo, las de cáncer de mama multiplican sus puertas de entrada del hierro (los receptores de transferrina): tienen entre cinco y quince veces más que el tejido mamario sano, y más cuanto más agresivo es el tumor. Esa avidez es un flanco.
Sobre esas tres dependencias se organizan las herramientas del abordaje. Ninguna reemplaza al tratamiento oncológico del subtipo. Todas trabajan sobre el terreno que lo sostiene.
El eje central es la insulina. Los planes de alimentación bajos en carbohidratos, cetogénicos o adaptados a cada paciente, que describimos en Más allá de la moda keto, buscan mantener la glucemia estable y la insulina baja. Eso le quita al tumor tres cosas a la vez: combustible, señal de crecimiento y estrógeno libre.
Es un plan de pocos días y muy bajas calorías que reproduce en el cuerpo los efectos del ayuno sin dejar de comer. Lo explicamos en Ayuno terapéutico y FMD. En cáncer de mama se probó en un ensayo clínico con 131 mujeres que iban a recibir quimioterapia antes de la cirugía (de Groot y col., 2020). La mitad hizo la dieta los tres días anteriores y el día de cada sesión de quimio. La otra mitad comió con normalidad.
Las que hicieron la dieta:
Es un ensayo pequeño y un estudio más grande está confirmando estos resultados. Pero es evidencia, en cáncer de mama, de algo que atraviesa todo este artículo: preparar el cuerpo antes de cada sesión cambia la forma en que el tumor y la paciente reciben la quimioterapia.
En un estudio que siguió a casi tres mil mujeres después del diagnóstico de cáncer de mama, las que hacían una actividad física equivalente a caminar entre tres y cinco horas por semana tuvieron la mitad de mortalidad por cáncer de mama que las menos activas (Holmes y col., 2005). El beneficio fue mayor en los tumores con receptores hormonales. La explicación es metabólica: el músculo consume glucosa y baja la insulina, es decir, actúa sobre la segunda dependencia. Lo desarrollamos en El músculo como órgano antitumoral.
En dosis altas por vía endovenosa, la vitamina C genera en el entorno del tumor un compuesto oxidante (peróxido de hidrógeno) que las células sanas neutralizan y las tumorales toleran mal, como explicamos en Vitamina C como nutriente, vitamina C como fármaco. En cáncer de mama, un estudio con pacientes en quimioterapia y radioterapia mostró que quienes recibieron vitamina C endovenosa tuvieron menos náuseas, menos fatiga, menos pérdida de apetito y mejor sueño durante el tratamiento (Vollbracht y col., 2011).
Además de lo que describimos en Melatonina en oncología, en cáncer de mama tiene una acción específica: frena la aromatasa, la enzima que fabrica estrógeno en la grasa, y reduce la señal del receptor de estrógeno. Actúa sobre la primera dependencia. En un ensayo con mujeres que iniciaban quimioterapia por cáncer de mama, 20 miligramos de melatonina por la noche redujeron el deterioro de la memoria y la concentración, y mejoraron el sueño y el ánimo (Palmer y col., 2020).
Su déficit es frecuente en pacientes con cáncer de mama, y su corrección durante la quimioterapia se estudió en un ensayo en este tumor, con especial interés en la neuropatía, el hormigueo y el dolor en manos y pies que producen algunos quimioterápicos. Lo desarrollamos en Vitamina D en oncología.
Ambas bajan la glucosa y la insulina, como explicamos en Fármacos reposicionados y en Suplementación oral. En cáncer de mama, las pacientes diabéticas que tomaban metformina mostraron mejor evolución en varios estudios. Pero cuando se la probó en un ensayo grande, con más de tres mil mujeres sin diabetes, no mejoró los resultados (ensayo MA.32; Goodwin y col., 2022). De todas formas, según el caso y la evaluación, pueden tener un lugar dentro de una estrategia terapéutica integrativa.
Actúa sobre la tercera dependencia. Es una molécula de origen vegetal que se activa al encontrarse con hierro, y las células que más hierro captan son las que más la incorporan. En cáncer de mama, donde las puertas de entrada del hierro están multiplicadas, la lógica es directa: el daño se concentra donde hay más hierro, es decir, en las células tumorales.
Cada tratamiento del cáncer de mama tiene sus propios efectos adversos, y varios de ellos tienen respuesta desde el terreno.
Dura años y tiene sus propias exigencias. Los inhibidores de aromatasa, la terapia hormonal más usada después de la menopausia, producen pérdida de masa ósea y dolor en las articulaciones. En un ensayo aleatorizado, el entrenamiento combinado de fuerza y aeróbico redujo ese dolor articular de manera significativa. La vitamina D con vitamina K y magnesio, y el entrenamiento de fuerza que desarrollamos en La importancia de entrenar la fuerza, protegen el hueso durante esos años.
Se atraviesa mejor con prehabilitación, es decir, preparando el cuerpo antes de la operación. Después de ella, la recuperación de la movilidad del hombro, el cuidado de la cicatriz y la prevención de la hinchazón del brazo (el linfedema) forman parte del programa de ejercicio adaptado.
En el cáncer de mama hormonal, el tratamiento no termina con la cirugía y la quimioterapia. La terapia hormonal se extiende entre cinco y diez años, y durante todo ese tiempo la enfermedad puede permanecer dormida en algún lugar del organismo, a la espera de un terreno favorable. Es la lógica de la semilla y el terreno que desarrollamos en Metástasis.
Por eso el trabajo sobre el terreno acompaña toda esa etapa. La insulina en ayunas, la composición corporal, la masa muscular, el sueño y el estado del sistema nervioso, que abordamos en El cuerpo en alerta, son variables que se miden y se corrigen a lo largo de los años, con la misma seriedad que los controles de imágenes. Un terreno con insulina baja, poca grasa visceral, músculo suficiente e inflamación contenida es un terreno donde la semilla germina peor.
El cáncer de mama se define por su subtipo, y el subtipo define el tratamiento oncológico. Pero detrás de cada subtipo hay un terreno que el organismo regula: el estrógeno que produce la grasa, la insulina que estimula la proliferación y deja más estrógeno libre, el hierro que la célula tumoral capta con avidez.
Sobre ese terreno actúa la Terapia Metabólica, con herramientas que en este tumor cuentan con evidencia propia: las megadosis de vitamina C, la dieta que imita el ayuno durante la quimioterapia, el ejercicio después del diagnóstico, la melatonina sobre la aromatasa, el control de la insulina.
En octubre se habla de detectar a tiempo. Después del diagnóstico, se trata de dejarle al tumor el peor terreno posible, durante el tratamiento y en los años que siguen.
Este artículo tiene fines informativos y no reemplaza la consulta médica. El tratamiento del cáncer de mama se define según el subtipo, el estadio y las características de cada paciente por el equipo de oncología y mastología. Las intervenciones de la Terapia Metabólica mencionadas son complementarias, no sustituyen a la cirugía, la quimioterapia, la radioterapia, la terapia hormonal ni las terapias dirigidas, y deben ser evaluadas, indicadas y supervisadas de manera individual, en coordinación con el equipo tratante. Regemet no atiende urgencias: ante una emergencia, acudí al centro de salud más cercano.